James Franco

Busco la filmografía de James Franco en Imdb y no aparece. Cuando escribo su nombre solo aparecen dígitos extraños. Pienso que tal vez, se cambió el nombre a lo Prince y ahora es simplemente un signo entonces empiezo a recordar todas sus películas y a buscarlas: Howl, Palo Alto, Spider Man 3… Están todas pero él no aparece en ninguna. James Franco no existe. Yo tengo sus novelas en casa. Busco en la biblioteca y en los libros solo figuran los títulos. No existe el autor. Me desespero. Llamo a directores amigos, que han trabajado con él. No saben de qué les hablo. Busco su banda en youtube… nada.
¿Dónde está James Franco?
¿Qué te pasó, James?
Por suerte una amiga que trabaja en una librería del West Village me invita a tomar un café allí. En el local tienen gatitos. Y uno se llama Teddy, como le decimos a James en casa.

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Arias

Estoy en un palacete de Av. de Mayo repleto de gente. Hace calor. Las ventanas están abiertas. Todos estamos tomando ricos tragos y mirando a los presidentes desfilar. Pasan los presidentes de Argentina de todos los tiempos. Y también los de otros países. Es como una congregación de mandatarios. Todos engalanados. Y nosotros con banderitas desde los balcones. De pronto me siento mal. Me falta el aire. Busco una ventana, un balcón menos concurrido y no encuentro. Alguien me trae agua fresca. “No siento el agua. Es como si no fuera agua, como si no fuera nada”. La persona se alarma y llama a la doctora Hilda Lizarazu. ¿Desde cuándo será médica Hilda? Yo pensé que solo era cantante, música y fotógrafa. Artista, vamos! Ella me pregunta los síntomas y cuando le digo que no siento el aire, se asusta y me dice: Me aterra pensar que tengas “arias”.
ARIAS.
No sé qué son las ARIAS.

-¿Son monstruos?
-Peor, son unas bacterias que se instalan en tu organismo y no te permiten respirar y te van desangrando.
Me fijo en wikipedia y leo: “enfermedad gore. Mucha sangre. Por suerte no hay dolor. Mortal”.
Me informa que tenemos que ir rápidamente al médico, al hospital. Que llame a mi madre. Le digo que no nos hablamos. Que yo puedo sola. Que me diga qué hacer y listo. Me llevo el celular, un libro y la radio. Voy a estar bien.

-Deberán hacerte una endoscopía.
-Ah, ya me hicieron una vez, cuando querían saber si era celíaca.
-Bueno, entonces no te vas a asustar.
-¿Cómo que no? En el hospital no usan anestesia y yo tengo mucho miedo. Prefiero que me digas desde ahora que son ARIAS y listo.

Vamos al hospital y en la admisión, Hilda se convierte en mi prima Claudia, también médica. Ella explica mis síntomas y de la computadora sale un informe completo, muy detallado de mi estado de salud. “Es una simple inflamación por tener la bufanda muy ajustada. Deshaga el nudo. Tome agua y este medicamento que se consigue en la farmacia de enfrente. Siga con su vida normal. No tome vino ni cerveza durante dos días”.
Nos vamos de allí sabiendo que al menos, no moriré desangrada por una bacteria. Al menos no por ahora. Mi prima me deja en un bar de San Telmo en donde me encuentro con todos mis amigos. Julieta Ulanovsky ha vuelto de Londres. Tiene una cámara de fotos hecha con un frasquito de perfume francés en color verde. Saca unas fotos hermosas.

Jeff Bridges

Soñé que leía un nuevo libro de Martin Amis. La pieza estaba a oscuras pero yo agarraba la novela y decía: “Mmm, son 632 páginas”. Luego encendía el velador y me fijaba: 629. No tenía página de cortesía ni dedicatoria. Iba por primera vez directo al punto. Así comenzaba: “Si usted está leyendo esta novela que enloqueció a Jeff Bridges, seguramente usted no es Jeff Bridges. Jeff ya está en el manicomio”. Sonreí feliz, era un comienzo típico de Amis.

El Loco

Estoy luchando con la televisión. En realidad no con el aparato sino con la antena. Hay un programa sobre La Luka Nikolini y el Oso de Kutini band que no me quiero perder. Es como un Pelito pero de los 90’s. Estamos todos tan chicos, tan jóvenes y llenos de canciones. La imagen se ve borrosa hasta que logro conectar todo masomenos y la historia se normaliza. Me emociona tanto lo que veo, que se lo quiero comentar a mi papá que justo pasa por donde estoy. Sin embargo, llega el Loco y me quedo charlandol. ¡Qué lindo encontrarme con él! Hay algo acá, en nuestras miradas. Emoción, alegría, amorosidad. No nos veíamos desde aquellos años en los que el verano olía a perfume de los árboles de la casa de Fer y viajábamos todos en el auto de Ariel rumbo a Oliverio cantando “Demasiada presión” de los Cadillacs. El Loco dice que no puede ver el canal Volver y me pregunta cómo tiene que hacer. Yo la verdad no sé. Lo mío parece que fue puro milagro. Le cuento lo que hice con la antena y le sugiero que lo intente. “El último episodio está muy bueno, no te lo pierdas”, le digo. Como si yo supiera lo que viene. Y eso que todavía no vi nada.

Mi padre, el mar.

Estamos en la playa, en el mar. Es de noche, nos gusta el mar de noche, las olas inmensas, misteriosas, la sensación de no saber. Mi papá camina hasta el final del muelle. Sólo lo veo de espaldas pero sé que está feliz. Nadie ama más todo eso que él. Vuelve. Yo lo estoy esperando muerta de frío, pero qué lindo es el frío. Entonces llega Daniel, mi primo, y le pide a mi papá que lo acompañe de nuevo al muelle. Y así van, Daniel corriendo hacia el muelle como cuando éramos chicos y sabíamos que por ahí no se debía correr porque era peligroso y uno podía caer al mar. Pero él corre feliz diciendo: “tío, el mar, nuestro mar!”. Y ahí nomás, mi viejo se tira al agua e intenta nadar. Pero le da un infarto y muere.

Mi padre ha muerto.
Mi papá se murió.
Y yo no sé qué hacer.

Lloriqueo. No hay llanto desconsolado sino lloriqueo.
Y desolación porque pienso que de no haberse tirado al agua, capaz. O que yo no logré impedirlo, al contrario… lo alenté a hacerlo. “El mar es tuyo, papá. La inmensidad”.

Luego estamos con mi madre en diferentes situaciones. En casa, en una fiesta, en un hotel. Siempre la pregunta es la misma: “¿A quién avisaste?” Hacemos las cuentas y no hay mucha gente a quién avisar. Mi primo Daniel, mi tía, mi tía Nelly, Mirta. Yo no tengo amigos. No aviso a nadie.

Cuando me estoy poniendo verdaderamente triste, me digo: “papá está donde tiene que estar. La vida es un paso, un tránsito hacia lo eterno, hacia lo que hay que celebrar. Ahora sí está vivo”.

En la fiesta

Estamos en una fiesta organizada por América, el canal de televisión. Es en un lugar grande, al aire libre. Podría ser la quinta de mis primos porque conozco perfectamente ese pasto, esas luces. La pileta.
El negro González Oro está presente, charlando con todos. No me sorprende porque es una fiesta del canal en donde trabaja. Y además, su ex mujer era amiga de mi tía. Todo es familia en un punto. Unos mozos sirven vino, el negro agarra una copa y se la alcanza a Guillermo Andino, quien torpemente la tira al piso, al pasto y arma un revuelo. Yo miro a todos desde un costado. No entiendo muy bien qué está pasando. Por qué gritan, por qué la gente corre. Sólo sé que algo no está bien. Entonces, veo a Santiago del Moro, descalzo, con el pie bañado en sangre. Hay gritos. Andino se ofrece a llevarlo al hospital. Le explica que es un corte peligroso, que puede morir si no se atiende, pero Santiago está muy alterado y se va de ahí a las puteadas. Es una suerte que estén mis amigos allí. Mauro acaba de volver de un viaje y tiene que quedarse a dormir en la casa de Pol. Yo voy a ir con ellos. Pol vive a cinco cuadras de mi casa. Entonces, algo más sucede. Siento un ardor, un pinchazo en el pie, en los dedos. Miro y descubro una herida de la que está brotando sangre. Busco a Mauro y no puedo hallarlo pero viene Andino a decirme que Santiago está fuera de peligro pero que la que se cortó con el vidrio de la copa soy yo. Y puedo morir.

Cruza al amor.
Yo cruzaré los dedos…

…Y, gracias por venir.
¡Gracias, porvenir!

El proyecto

Estamos con Felipe, el agente Smith y un colaborador secreto llamado Julio en una oficina, tomando café, comiendo pan con semillas y terminando de armar un proyecto. Yo sumo trece números nuevos a la causa y todo cierra. O al menos eso dice el agente, que es el que más sabe de proyectos.
A las siete viajamos a Estados Unidos.
Volamos por una aerolínea privada. Nos lleva un amigo del agente pero él no viaja, se queda en las oficinas monitoreando todo.
Cuando llegamos, a mí me entregan un joystick para manejar un video juego gigante. Tan gigante como todo un país. El agente desde Buenos Aires me pide que lo pruebe: choco todos los aviones en menos de un segundo. El agente se desmaya.
A las 17 tenemos una reunión con el segundo de Steve Jobs. Nos llevan a las oficinas en un auto del futuro que se maneja con el sonido de nuestra voz. Felipe y Julio están tranquilos. Yo no sé ni por qué estoy ahí. Ya en el lugar, pasamos un control riguroso. La única sospecha la levanto yo: no tengo documentos. Steve Jobs, desde algún lugar, autoriza mi ingreso y me regala una tarjeta para ver un show de minisugus acuáticos. Muy aburrido todo. O no entiendo de qué se trata.
De todos modos el problema mayor lo tenemos cuando me distraigo y me pierdo (muy neptuno en casa 3) y tengo que arrancar todo de cero y descubro que no sé el apellido de Felipe. Ni el de Julio. Que no tengo sus números telefónicos. Ni mis documentos. Ni dinero. Y que estoy lejos de casa y ellos tienen la clave para poder volver.