Los muertos presentes

Estoy con mi mejor amiga camino a su casa. Entramos en ese edificio de Colegiales, tan lindo como siempre, con el jardín delantero lleno de plantas y flores. Y sin darnos cuenta, nos metemos en otro departamento. Parece que ella hace esto con frecuencia y sus vecinos lo toman como algo natural y hasta nos convidan un mate. A mí me desorienta y necesito mi remedio para el asma. Salimos de ahí corriendo y rápidamente entramos en su casa. Yo dejo mis cosas sobre la cama y me siento. Su cuarto que hasta ayer estaba pintado de rojo, ahora es rosa viejo. Su living es diferente. Y la cocina es más chica y poco funcional. Quiero preguntarle cuándo fue que hizo todos estos cambios pero ella me interrumpe:
-Seguro va a venir gente. Vos tranqui.
Iris sabe que soy un poco fóbica y quiere protegerme. Bah, es lo que presupongo.
Al rato, aparece una chica de unos veinte años, pelo castaño, tapado color beige. Se comporta como si fuese su casa. Saca cosas de los armarios, las acomoda, se cambia los zapatos, se pinta las uñas. Mi amiga me explica que la chica está muerta, que en otra época ha vivido ahí y por eso actúa con tanta familiaridad. Empiezo a tener miedo. Quiero que se vaya. No me gusta la situación y lo peor de todo, es que parece que a los muertos no se los puede echar. Media hora después, sigue llegando gente. Toda gente muerta.
-¿Vos vivís así todos los días, con esta gente por acá?
-Sí, ya estoy acostumbrada.
En eso suena el teléfono. Una mujer del otro lado susurra un “HOLA HOLA”. Luego un hombre pregunta si está Iris en casa. Ella responde que sí. Y ahí se termina la charla. Nadie más contesta. Nadie más habla.
La sensación es desesperante para mí. No sé si irme o llorar o gritar. Hasta que llega un viejo conocido, también muerto, y me saluda.

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