Furby

Mariana Fabbiani tiene una mascota mezcla de Furby con chimpancé y como se va de viaje, me pide por favor, que me ocupe del asunto por una semana. Nosotras somos amigas de toda la vida pero yo jamás tuve un chimpancé. Menos un Furby. Acepto con un poco de miedo. La mascota no tiene nombre pero es muy obediente. Uno le señala algo y la mascota obedece. Tiene un ropero con outfits de todo tipo y tarros con alimento especial.
La primera noche, como para ir aclimatándonos, la pasamos todos juntos: Mariana, un amigo, el chimpancé y yo. Es muy extraño todo porque del pánico que siento no logro dormir. “¿Y si me quedo dormida y el mono me devora?” Esto no va a ser nada fácil por eso decido bautizarlo. Lo llamaré Julito.
Cuando Mariana sale rumbo a Ezeiza, Julito quiere ir a nadar. Le pongo el traje de baño y lo llevo al jardín. Nada muy bien pero en el momento en el que finalmente logro relajarme, se larga a llorar. Según me dice un vecino, llora porque no tiene una escalerita de juguete para subir y bajar de los árboles. “Ajá”, murmuro. Como a las cinco de la tarde, Julito está agotado y quiere comer y dormir. Le preparo un sandwich, que devora como un loco y lo llevo a su cuarto. Bajo las persianas, lo tapo, le dejo una luz encendida pero él no se quiere dormir si no le doy la mano. “¿Y si me arranca el brazo?”