Radio

Doy una prueba en Aspen y quedo seleccionada de inmediato. Algo que por cierto no estaba en mis planes porque en mis planes no está volver a la radio. “Empezás a la medianoche”, me dice el jefe de locutores.
Con esta noticia tan extraña, regreso a casa y le cuento a mi amigo Matías, locutor de esa radio, que vamos a ser compañeros.
Afuera llueve. Llueve muy fuerte. Copiosamente.
-Por lo menos tenés que llegar una hora antes de que empiece tu turno.
Esto que me dice ya lo sé. Todos los locutores debemos llegar una hora antes al trabajo.
-Te pido por favor, Susana… no vayas a llegar tarde.
Entro en pánico. Faltan dos horas para que arranque mi turno. Llamo a la remisería del barrio. No hay autos. Llamo a otra. Me dicen que tienen una demora de tres horas pero que si pago un plus, capaz puedan hacer algo por mí. Acepto. No sé de cuánto es el plus ni me importa. Solo quiero estar temprano en la radio.
-No consigo auto, Matías.
-Tal vez yo podría…
Sí, eso. Llevame. Decilo. Terminá la frase.
Matías no solo no completa la idea sino que se va. Por suerte llega mi papá con el auto. Intuyo que él me va a llevar pero no. El auto se descompuso y solo vino a dejarlo en mi garage. Desesperada, agarro mis cosas y salgo corriendo por Villate hacia Panamericana, buscando otra remisería. Cada vez llueve más. Estoy en Olivos, empapada y sin plata y la radio queda en Palermo. En diez minutos empieza mi turno.

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