Mi padre, el mar.

Estamos en la playa, en el mar. Es de noche, nos gusta el mar de noche, las olas inmensas, misteriosas, la sensación de no saber. Mi papá camina hasta el final del muelle. Sólo lo veo de espaldas pero sé que está feliz. Nadie ama más todo eso que él. Vuelve. Yo lo estoy esperando muerta de frío, pero qué lindo es el frío. Entonces llega Daniel, mi primo, y le pide a mi papá que lo acompañe de nuevo al muelle. Y así van, Daniel corriendo hacia el muelle como cuando éramos chicos y sabíamos que por ahí no se debía correr porque era peligroso y uno podía caer al mar. Pero él corre feliz diciendo: “tío, el mar, nuestro mar!”. Y ahí nomás, mi viejo se tira al agua e intenta nadar. Pero le da un infarto y muere.

Mi padre ha muerto.
Mi papá se murió.
Y yo no sé qué hacer.

Lloriqueo. No hay llanto desconsolado sino lloriqueo.
Y desolación porque pienso que de no haberse tirado al agua, capaz. O que yo no logré impedirlo, al contrario… lo alenté a hacerlo. “El mar es tuyo, papá. La inmensidad”.

Luego estamos con mi madre en diferentes situaciones. En casa, en una fiesta, en un hotel. Siempre la pregunta es la misma: “¿A quién avisaste?” Hacemos las cuentas y no hay mucha gente a quién avisar. Mi primo Daniel, mi tía, mi tía Nelly, Mirta. Yo no tengo amigos. No aviso a nadie.

Cuando me estoy poniendo verdaderamente triste, me digo: “papá está donde tiene que estar. La vida es un paso, un tránsito hacia lo eterno, hacia lo que hay que celebrar. Ahora sí está vivo”.