Vidal Sassoon

Llegamos al Tribeca Grand con María y Juanzino y pedimos tres habitaciones de lujo con vista a la ciudad. Estamos en Nueva York, disfrutemos de la vista. Lo que más me gusta de mi pieza es el televisor y la cama enorme. Sólo espero no tener problemas con las pilas del control remoto. De pronto me pongo a contar toda la plata que llevo: tengo dos millones de dólares en el bolsillo del piloto. Es mucha plata para dejarla allí pero no se me ocurre un lugar mejor. Al menos no ahora que tenemos que salir. Bajamos los tres casi al mismo tiempo pero en la puerta nos despedimos. María y Juan se van hacia un lado y yo salgo corriendo hacia el MoMa porque hay una muestra de un conocido de mi familia y quiero verla. Cuando llego un policía me informa que se ha cortado la luz de toda la manazana. Sólo nos permiten mirar lo que está exhibido en el hall central. Miramos con unas linternas muy pequeñas que no dañan las obras o algo así. Es todo muy triste y yo no soporto estar a oscuras en medio de tanta gente. Me voy. Y me voy apesadumbrada porque mi pelo es un desastre. No tuve tiempo de cortármelo en Buenos Aires y ya no tengo modo de arreglármelo. En eso me cruzo con María y Juanzino. Vienen de comprar unas botas de lluvia. “Son hermosas”, comento. Son de color violeta con detalles en rosa chicle y suela transparente.
-Me costaron dos mil dólares.
-Lo mismo que cuestan en Argentina.
-Sí.
Me quedo pensando en el precio mientras los tres caminamos por Columbus en busca de algún lugar donde sentarnos un rato y comer. No creo poder darme ciertos lujos. Tengo miedo de quedarme sin plata. Tengo pánico a quedarme sin plata. En el restaurante casi no toco la comida. Todo agua y té. María y Juanzino comen cosas raras y según ellos muy ricas. Me niego a probar. Sigo pensando en la plata. Cuando llegamos al hotel, lo primero que hago antes de bañarme es buscar en la guía la dirección de un peluquero. No puedo seguir con este pelo así. Anoto todo en mi agenda y me voy a bañar. El shampú del hotel parece bueno pero yo tengo mi propio shampú y no necesito usar otro. A la mañana siguiente salgo sin desayunar rumbo a lo de Vidal Sassoon. Miro la carta de precios sin mirar y le pido que me haga un buen color. Mientras Sasson me está tiñiendo reviso mis bolsillos. Tengo 230 dólares y un cheque arrugado y sin depositar por seis millones de dólares. No puedo pagar con un cheque. Y creo que el efectivo que tengo encima no me va a alcanzar ni para la propina. Pienso en otras posibilidades: no tengo tarjeta de crédito, la tarjeta de débito está en el cajón de mi pieza, mi familia está en Buenos Aires y no sé el número del Tribeca. Le pregunto a Sassoon cuánto me sale el corte. -5000 dólares. Me angustio mucho. No sé qué hacer. Y me da vergüenza decirle que no tengo ese dinero. Entonces le digo que tengo que ir al hotel a buscar unas cosas, que en seguida vuelvo. Él parece no entender pero un asistente le explica mientras yo salgo corriendo. Lo peor que me puede pasar es no poder cobrar el cheque de seis millones que tengo encima y que este tipo piense que lo quiero cagar. Entro corriendo en el hall y llamo desde el lobby a Juanzino. No atiende. Llamo a María. Está durmiendo, dice que estuvo haciendo zapping toda la madrugada y que ahora tiene sueño. No me animo a contarle que me fui a la peluquería sin plata ni que el corte de pelo me sale 5000 dólares. Sólo le pido que me traiga su tarjeta de crédito. Que luego le explico. María baja en pijama, con el pelo revuelto y cara de sueño. Antes de darme su tarjeta me mira la cabeza y se empieza a reír. Tengo la tintura puesta, claro. Es gracioso. -Le tengo que pagar a Vidal Sasson. -No llegues tarde que en dos horas dan un programa buenísimo. Además tenemos papitas fritas y sodas. -Qué rico. Salgo corriendo de allí y me choco con Juan que está con mi primo en la calle. Los saludo y sigo viaje hacia a la peluquería. Me confundo y en lugar de ir al centro voy al downtown y caigo en otra sucursal. Sassoon también está allí. Qué suerte. Me lava el pelo, me pone una ampolla de algo y luego me lo corta tipo melena. Yo estoy algo escandalizada porque mi pelo y la melena no se llevan muy bien. Él se ofende un poco y me dice que eso es en Argentina. Que ahí mi pelo y la melena se llevan maravillosamente y que en todo caso él es el que sabe. Lo miro un tanto desconfiada pero como su planteo tiene lógica, decido creerle. Mi pelo queda estupendo. Salgo de ahí y con los 230 dólares que tengo en el bolsillo me compro un helado. En eso me encuentro a Marcelo, el marido de María saliendo de un restaurante. Ella está adentro tomando café. Yo me alegro de verlo porque sabe mucho de lugares y bebidas ricas. -Nueva York está contenta de verte, Marcelo. -Qué payasada. Me termino mi helado mientras él le pide a María que se apure, que hay que ir a probar el whisky del New York bar. Ya estoy aliviada.

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