Trabajo nuevo

Tengo un trabajo nuevo en una oficina inmensa; casi tres veces más grande que el Museo de Amalita Fortabat que está en Puerto Madero. El edificio además tiene mil doscientos pisos y a mí me toca trabajar en el mil novecientos noventa y nueve. Cuando lleno la solitud informo que tengo pánico a las alturas pero se ve que alguien pasó por alto el detalle.
Mis jefes son dos jóvenes algo extraños y extremadamente prolijos llamados Abe y Aaron. El CI de Abe es de 321 y el de Aaron de 470. El mío es como el del resto de los mortales, supongo. Igual son amables conmigo y me tratan como si yo comprendiera todo lo que hablan durante el almuerzo.
El escritorio es muy espacioso pero todo lo que usamos es de color blanco. “Antiséptico”, dice Aaron que se sienta a mi lado. Yo miro de reojo lo que anota en su cuaderno. Su letra es preciosa, perfecta. Algo bastante increíble dado que él es zurdo. Yo como soy ambidiestra puedo tener letra garrapata y letra de revista.
Hoy a la tarde, cuando vamos al restaurante del piso ochocientos a tomar un té de trigo, el ascensor se detiene y tenemos que saltar. Eso no me gusta mucho y se lo digo. Él sonríe y me responde: “Deberás acostumbrarte. Así son los trabajos nuevos”.
El restaurante es atendido por un chino que no para de comentarnos cosas. Aaron habla chino perfecto. Aprendió mirando series a través de Youtube.

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