Sounds of Silence

Leo en los diarios que la gente está muy alborotada por el regreso de Simon & Garfunkel. Van a dar otro legendario concierto en el Central Park. Yo me tomo un café que encuentro por ahí, abandonado en una mesa del hotel y salgo. No tengo tiempo ni de comer. Además como no uso reloj tengo que guiarme por mi instinto que a veces suele fallar un poco. Como aquella vez que pensé que llegaba temprano al cumpleaños de Natalia y resultó que había sido el mes anterior. “Ya ni los almanaques chequeás”, me recriminó un desconocido.
Ahora camino tranquila con una guitarra al hombro. Hace dos días que estoy tomando clases y me va muy bien. Ya casi sé todas las notas y puedo intentar algún sonido sin romper las cuerdas. Llego a la casa de Paul Simon para avisarle que ya estoy lista y me sirve un plato de cereales. No los acepto, desde luego. Soy alérgica a los cereales, a la leche, a los conservantes y a comer algo antes de un show. A él parece no importarle mi explicación y se sienta a comer. Diane Keaton anda por ahí sacando fotos. Nunca imaginé que iba a estar en la misma habitación que ella pero trato de disimular la emoción. Quiero hacerle un montón de preguntas pero en cambio, me pongo a regar las plantas que Paul tiene en la ventana de la cocina como para disimular un poco.
Entonces suena el teléfono. Una, dos, tres veces. Nadie atiende. Yo me desespero. Los miro buscando una señal pero ellos siguen como si nada. Cuando suena por cuarta vez, decido atender.
-Hola.
-Susana, ¿sos vos? Te dije que tenés que dejar de intervenir en las tareas de los otros.
Es mi psicóloga. No sé cómo consiguió el teléfono de la casa de Paul Simon.
-Llamame después del show. O mandame un mensaje.

De pronto a todos les agarra el apuro y salimos corriendo.
Yo me olvido la pandereta sobre un sillón. O sobre la mesada. No sé muy bien. Todo está muy confuso.
Art nos espera impaciente. Se lo ve tan joven. Parece como de veintipico.
El Central Park está repleto de gente que grita, aplaude, aclama, salta. Paul dice que es el momento, que hay que salir a tocar. Yo estoy super tranquila pero me olvidé todas las notas y las letras de las canciones que me toca cantar. No estoy segura de que pueda superar esto. Entonces Diane Keaton me agarra de la mano y me dice: “Tenés toda la energía disponible a tu favor para hacer de esta una gran noche o para cagarla. Vos decidís”.
-¿No me podés tirar las cartas?
-Claro, vení que acá hay una mesita.

 

Trabajo nuevo

Tengo un trabajo nuevo en una oficina inmensa; casi tres veces más grande que el Museo de Amalita Fortabat que está en Puerto Madero. El edificio además tiene mil doscientos pisos y a mí me toca trabajar en el mil novecientos noventa y nueve. Cuando lleno la solitud informo que tengo pánico a las alturas pero se ve que alguien pasó por alto el detalle.
Mis jefes son dos jóvenes algo extraños y extremadamente prolijos llamados Abe y Aaron. El CI de Abe es de 321 y el de Aaron de 470. El mío es como el del resto de los mortales, supongo. Igual son amables conmigo y me tratan como si yo comprendiera todo lo que hablan durante el almuerzo.
El escritorio es muy espacioso pero todo lo que usamos es de color blanco. “Antiséptico”, dice Aaron que se sienta a mi lado. Yo miro de reojo lo que anota en su cuaderno. Su letra es preciosa, perfecta. Algo bastante increíble dado que él es zurdo. Yo como soy ambidiestra puedo tener letra garrapata y letra de revista.
Hoy a la tarde, cuando vamos al restaurante del piso ochocientos a tomar un té de trigo, el ascensor se detiene y tenemos que saltar. Eso no me gusta mucho y se lo digo. Él sonríe y me responde: “Deberás acostumbrarte. Así son los trabajos nuevos”.
El restaurante es atendido por un chino que no para de comentarnos cosas. Aaron habla chino perfecto. Aprendió mirando series a través de Youtube.