Stiva, Dolly, Karenin, Vrosky, Troski, Caro y Sergio.

Tocan el timbre de casa. Es muy raro que yo atienda porque nunca viene nadie sin previo aviso pero como estoy buena, bajo a abrir. Es Trotsky que viene a tomar mate. En casa hay yerba pero no hay bombilla. Le ofrezco un té. Se niega. Tampoco quiere café. Un vecino toca el piano y él me pregunta qué es lo que está tocando. Yo no tengo idea pero como todo se vuelve muy negativo, le miento. “Un vals que compuso para su padre. Es familiar de Stiva, Dolly, Karenin, Vrosky y Trotsky”, le digo.
-Trotsky soy yo.
En ese momento aparecen Sergio y Carolina. Están del otro lado de la ventana que da al jardín. Nos saludan. Caro me cuenta que se anotó en la carrera “Buenos Aires – San Clemente” y quiere que la acompañe. Me niego. Insiste. Le cuento que no corro desde el 2002 y que además, el gato se comió la goma de mis zapatillas. Sergio se ríe y me dice que ellos corren en patas. Busco a Trotsky pero no está. Sólo hay un póster con su cara en una pared. Tengo miedo. El teléfono comienza a sonar.

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