Perdida

Susana Giménez me invita a su programa para hablar de la novela “Perdida” cuya autora claramente no soy yo. Me siento en el living y Su me mira como esperando que le regale un ejemplar del libro. Yo sólo tengo el mío y no se lo pienso dar. En eso escucho a Cae cantando el tema de Los Lunes. Sin saber si estamos o no en el aire, comento lo mucho que me gustaba presentar esa canción en la radio. Susana me mira desconcertada y arremete:
-Pero escuchame una cosa, ¿es verdad que antes de comprar un libro leés el final?
Miro para todos lados en busca de ayuda y veo la cara de Cae que se va multiplicando como la de Malcovich en el póster de “Being John Malkovich”. El tema vuelve a empezar: “Madrid a 6 de julio del ’91…” Lalalá.

 

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El cine de mi barrio es de Clint Eastwood

Alguien le cuenta al diarero del barrio que el otro cine, ese que es mucho mejor que el Imax, es de Clint Eastwood. Me entero porque voy a buscar el diario bien temprano, a penas amanece, y los escucho comentar. Estoy tan emocionada que quiero llamar a mis amigos para darles la noticia pero no tengo celular.
A la noche vamos con Rotten a ver una de Hugo del Carril. Le cuento los rumores, claro.
-Uh, se viene a llevar la guita del pueblo.
Yo me enojo y lo puteo.
Cuando se apagan las luces me parece verlo sentándose en la butaca contigua. No puedo respirar de la emoción. Tampoco puedo preguntar nada porque en el cine no se habla. Durante toda la película miro de reojo al supuesto Clint Eastwood pero no llego a cerciorarme de que sea él. La película se vuelve interminable y yo estoy insufrible. Cuando por fin salen los títulos finales, Clint se levanta y se va antes de que se prendan las luces.
-Clint estuvo en la función -digo emocionada.
-No. Si hubiese estado acá, Fabio Manes lo hubiera dicho por la tele.

Stiva, Dolly, Karenin, Vrosky, Troski, Caro y Sergio.

Tocan el timbre de casa. Es muy raro que yo atienda porque nunca viene nadie sin previo aviso pero como estoy buena, bajo a abrir. Es Trotsky que viene a tomar mate. En casa hay yerba pero no hay bombilla. Le ofrezco un té. Se niega. Tampoco quiere café. Un vecino toca el piano y él me pregunta qué es lo que está tocando. Yo no tengo idea pero como todo se vuelve muy negativo, le miento. “Un vals que compuso para su padre. Es familiar de Stiva, Dolly, Karenin, Vrosky y Trotsky”, le digo.
-Trotsky soy yo.
En ese momento aparecen Sergio y Carolina. Están del otro lado de la ventana que da al jardín. Nos saludan. Caro me cuenta que se anotó en la carrera “Buenos Aires – San Clemente” y quiere que la acompañe. Me niego. Insiste. Le cuento que no corro desde el 2002 y que además, el gato se comió la goma de mis zapatillas. Sergio se ríe y me dice que ellos corren en patas. Busco a Trotsky pero no está. Sólo hay un póster con su cara en una pared. Tengo miedo. El teléfono comienza a sonar.