Tom Waits

Llamo para pedir un remis y me mandan un auto manejado por Tom Waits. Parece que en sus ratos libres y entre show y show, le gusta salir a manejar por la ciudad. Lleva unas bermudas, un sombrero, el pelo medio largo, un chaleco de cuero y tiene todo el cuerpo tatuado. Me habla de su nuevo disco y yo le confieso que no lo escuché aún; que estoy muy concentrada en el trabajo de Daniel Johnston. Él asiente y me da su okey. Y me cuenta que el photoshop del booklet lo hizo Edna Millay y no Ella Mackey como nosotros suponíamos. Vamos por Bartolomé Cruz, charlando sobre todo este asunto de la música y las rutas cuando aparece en el auto Natalia Rouge y nos sirve café caliente. Le agradecemos y nos ponemos a cantar una de esas canciones que se cantan en la misa. Tom es muy bueno realmente y aunque escupe un poco, lo hace realmente bien. Saca unos discos de un bolso y nos los regala. Nati le dice que ella lo escucha desde que iba al jardín. Yo le digo que no quiero escucharlo nunca más. Que sus canciones me hacen caer en un dolor profundo que ya nada tiene que ver conmigo y él me mira por el espejo retrovisor y me da su visto bueno. Gracias a Dios y la Virgencita de Itatí.

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El Jarabe

Estoy en la cocina de Café San Juan cocinando con el equipo. Por un momento creo que soy la “nueva” chef del lugar pero rápidamente me mandan a la caja, a chequear las mesas y a cambiar el menú de la pizarra. Sin embargo algo pasa con las tizas porque dejo todo para irme al Village Vanguard con Jason Biggs para ver cantar a Gerardo Gil, “la nueva sensación” del jazz motorizado. Hay mucha gente y todos nos hablan y nos saludan como si nos conocieran de chiquitos. Incluso alguien me dice: “yo me acuerdo de ver pasar a tu mamá embarazada de vos”. No es nada gracioso porque la realidad es que fuimos allí para no ser acosados por la prensa y poder tomar moscato en paz.
Estoy fumando cigarritos con sabor a café mientras Biggs me explica el por qué de sus cuentos cortos sobre BoraBora. En ese momento, Gerardo se aleja del piano y de su moto y me acerca un jarabe para la tos diciendo: “ante todo hay que prevenir y yo no quiero que me arruines la próxima canción, Susana”.

Paul McCartney

Paul McCartney está en nuestro país y está teniendo un romance con una de mis compañeras de la secundaria. Ella tiene miedo de engancharse por razones obvias pero él no deja de sorprenderla. Ahora estamos cenando con David Schwimmer y de pronto todos en la mesa confiesan qué cosas los harían sentir menos tristes en un día como hoy. “Un copo de azúcar”, declara David y ahí nomás Judd Law dice: “caminar de la mano por la playa con mi novia”. Yo no puedo creer todo esto y un poco me indigno, pero la verdad es que tengo muchas ganas de volver a ver a Martin Donovan, mi jefe de 60 años que ahora es mi amante. En eso estoy cuando alguien propone abrir un cine cerca de Puente Saavedra. “Si como yo creo, la gente va al cine para tener sexo… es ridículo que en la cuadra de Maipú y José Ingenieros no haya un maldito kiosco”, sentencia Nancy Dupláa. Yo estoy que me desbordo por escribir aquello en twitter. ¿De qué está hablando? La verdad es que como no logro seguir la charla, agarro una revista Gente que hay por ahí y leo: “Paul McCartney sale de gira mundial en 10 horas”. Pienso en Sandra (Ruiz) y en Paul. Y en lo difícil que les resultará continuar el romance y le mando un mensaje: “No te des por vencida. Yo te regalo una entrada para que lo vayas a ver a Estocolmo”.

Mr. Ziegler

Llego a mi casa nueva y voy directo al living escoltada por un señor que no conozco. A medida que avanzo, el lugar se vuelve más lujoso e inmenso hasta quedar del tamaño de dos mansiones. Eso me inquieta bastante porque siento que podría perderme con facilidad y que las expensas van a ser cuantiosas. Además el google map no está funcionando bien y no tengo la filcar ni señal para llamar por teléfono a mi mejor amigo. Casi no puedo respirar. Busco mi inhalador en el bolsillo pero sólo encuentro dos copas de cognac sobre la mesa y a Sydney Pollack jugando al billar como si yo no existiera. Decido hablarle; le digo: “sr. Ziegler, es usted?” Y claro que es él aunque no me responda. Se le nota en las cosas que me dice con la mirada. Me señala con el dedo y me increpa sin levantar la voz: “Sé lo que te pasó ayer a la noche. ¡Lo sé, carajo!”. No sé de qué habla pero por las dudas a mí se me cierra el pecho del miedo. Entonces escucho ruidos, cosas que se rompen. Vidrios que estallan. Si no salgo de ahí es probable que muera pero es muy difícil dejar a Pollack con la palabra en la boca.

Propiedades

Resulta que llego a la casa de fin de semana de Darío (aka manensam) y le cuento que para llegar tuve que desviarme de la salida clásica del Kennedy y tomar por una ruta alternativa para no perderme. Es la primera vez que llego a Córdoba desde Nueva York y el tráfico no ha sido muy amable que digamos. Una vez en el lugar, voy a recorrer la propiedad que es más que regia: es como un mash up de las casas que estaban de moda en Reno (Nevada) durante los 70’s y las nuevas propiedades de las Sierras, esas con las que todos soñamos. Piedras, bosques, mucho verde y un lugar para practicar jet ski… Lo mejor de todo es la pileta, que decanta en un lago privado de agua templada. Además, parece que en la casa de huéspedes está oculto Phil Manzanera. Jorge Rial contó en la radio que Darío y Phil fueron de campamento juntos durante muchos años, cuando iban al colegio en Almagro. La cuestión es que todo ahí es muy tranquilo aunque hayan anunciado una gran lluvia y nos hayamos olvidado el “Monopoly” en la costa y se nos haya terminado el campari. ¡Pero qué bárbaro!