Mi vida con Lynch

Lo más importante que me ha sucedido hasta el momento es el sueño que tuve. Hace mucho que no sentía tanto placer con un sueño. En este sueño que ocurría en el Teatro General San Martín, David Lynch era David Lynch, con su impecable camisa blanca completamente abotonada y su saco negro. Vera estaba conmigo. Yo hablaba sin parar y a Lynch parecía gustarle porque me seguía la conversación atentamente. No sé si en algún momento me sentí culpable por la situación: Vera está enamoradísima de Lynch y no me perdonaría jamás que me vaya con su hombre de pelo revuelto. Pero algo pasó… Y yo en un intento por hilar frases en un inglés aceptable le dije: “I hate supermarkets. I hate people”. Algo extraño porque en ese momento él, que comprendió todo, respondió que era una pena porque eso significaba que yo no tenía amigos. Le expliqué que eso no era tan así dado que por lo general hablo mucho y mi odio por los supermercados no tiene nada que ver con mi relación con las personas. Lynch pareció comprenderlo pero igualmente agregó con una voz absolutamente envolvente: “Sos muy chispeante, inteligente y sería una pena que no tuvieras amigos por culpa de los supermercados”. No sé qué pasó después, porque Vera ya no estaba –tal vez había ido al baño- y nosotros bajamos al restaurante del teatro –cosa que en la realidad no existe- y mientras atravesábamos un pasillo alfombrado alguien gritó: “¡Lynch!” Él se dio vuelta y miró. Yo hice lo mismo. Era Federico que le pedía una entrevista. Estaba con alguien que no logré distinguir. David Lynch lo miró, sonrió y continuamos. Entonces me dio un beso como los que me daba mi novio Nicolás. Un beso de esos prácticamente etéreos. Y yo me sentí muy bien. Verdaderamente muy bien. Como si estuviera en un flotario. Durante la comida, que por cierto fue maravillosa, hablamos mucho y se repitió la escena del supermercado. Vera estaba en la cabecera y Lynch permanecía sentado a mi lado. El diálogo era el mismo. Un sueño circular. La moza vino y dijo que no nos cobraba porque todo iba por cuenta de la casa pero que la próxima vez intentáramos comer menos. Mi entusiasmo por el postre de menta y chocolate y el champagne pedidos por Lynch era notable. Vera se volvió a levantar y en ese momento Lynch me dio su teléfono. Repitió la ceremonia del beso y me invitó a viajar a Italia con él. Entonces sucedieron cosas que se escaparon a mi entendimiento, situaciones que me cuesta recordar. Fueron imágenes sumamente confusas pero yo no quería despertarme porque lo estaba pasando muy bien.

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