Los ovnis

Estoy con mi amiga Vero y su marido por la zona de Retiro. Más precisamente por la Plaza San Martín, caminando. En el cielo hay objetos voladores no identificados o en su defecto puntos luminosos en color rojo y verde que despiden rayos por todo el lugar. La imagen es inquietante y yo pienso rápidamente que estamos frente a un caso paranormal y le digo:

-Mirá, hay ovnis.
Ella se ríe y me explica que no son ovnis sino un tsunami alejándose.
-A mí me encanta la idea de que sean ovnis. Me encanta lo paranormal.
Vero insiste: “Pero no Susan, es solo un tsunami que se va”.

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Furby

Mariana Fabbiani tiene una mascota mezcla de Furby con chimpancé y como se va de viaje, me pide por favor, que me ocupe del asunto por una semana. Nosotras somos amigas de toda la vida pero yo jamás tuve un chimpancé. Menos un Furby. Acepto con un poco de miedo. La mascota no tiene nombre pero es muy obediente. Uno le señala algo y la mascota obedece. Tiene un ropero con outfits de todo tipo y tarros con alimento especial.
La primera noche, como para ir aclimatándonos, la pasamos todos juntos: Mariana, un amigo, el chimpancé y yo. Es muy extraño todo porque del pánico que siento no logro dormir. “¿Y si me quedo dormida y el mono me devora?” Esto no va a ser nada fácil por eso decido bautizarlo. Lo llamaré Julito.
Cuando Mariana sale rumbo a Ezeiza, Julito quiere ir a nadar. Le pongo el traje de baño y lo llevo al jardín. Nada muy bien pero en el momento en el que finalmente logro relajarme, se larga a llorar. Según me dice un vecino, llora porque no tiene una escalerita de juguete para subir y bajar de los árboles. “Ajá”, murmuro. Como a las cinco de la tarde, Julito está agotado y quiere comer y dormir. Le preparo un sandwich, que devora como un loco y lo llevo a su cuarto. Bajo las persianas, lo tapo, le dejo una luz encendida pero él no se quiere dormir si no le doy la mano. “¿Y si me arranca el brazo?”

Noche Buena y Navidad

Estamos despidiendo al padre de Marion junto al Dr. Bill Hardford. Yo no conozco muy bien a la familia de esta señora pero igual asisto al velatorio por pedido de Bill, que al parecer es mi médico clínico. “Vos vení y de paso conocés el lugar. En este edificio atiende el Dr. Caterpillar, que el lunes atenderá a tu mamá”. Es Noche Buena y en diez minutos será Navidad. Me preocupa no tener algo para brindar pero la mucama nos asegura que el difunto había preparado un cotillón y copas de champán por si sobrevivía. Le creo.
Suena mi teléfono. Pensé que lo había apagado. Atiendo. Es mi madre pidiéndome la dirección del Dr. Caterpillar. No me parece apropiado este llamado pero igual la atiendo.
-Es frente al Museo de Arte Moderno, mamá. Junto a la estatua de Alice in Wonderland. Atrás del tablero de ajedrez.
-Ay, por favor Susana. Mirá si el doctor va a tener un consultorio en ese lugar tan ridículo.
Como no pienso entrar en una polémica con ella, le corto y vuelvo al velatorio. Están todos algo molestos conmigo. Yo trato de disimular, me pongo una guirnalda navideña y agarro mi copa. Sonrío.
-El tablero de ajedrez está frente a nuestra casa. La estatua de Alice está acá -me dice la mucama indignada.
Miro a mi alrededor y veo que la habitación es parte de un parque, parte del Central Park. Y que ahí está Alice. Siento terror.
Son las doce. Todos alzan sus copas y dicen: FELIZ NAVIDAD.

 

El cumpleaños

Es mi cumpleaños y estoy exultante. Mis familiares invitan a mis amigos y me avisan que también vendrán a la celebración Jimmy Fallon, Marty Scorsese y aquel novio que tuve al terminar el colegio. Preparamos todo, decoramos el lugar, elegimos los discos que vamos a escuchar hasta que de pronto me agarra un sueño tan grande que me obliga a recostarme en el sillón del living. “Un minuto y ya estoy”, digo mientras me tapo con una manta verde aguamarina y me acomodo para caer en un limbo.

Desde este otro lado en el que estoy ahora, escucho risas, gente que canta, que celebra, que me llama pero yo estoy tan cansada que ni fuerzas para abrir los ojos. Intuyo que en algún momento me voy a despertar y voy a estar en mi cumpleaños pero eso no sucede. Sin embargo, en donde estoy ahora veo campos de flores, luces de colores, mucho verde y dorado y percibo una dulce calma que no suele darse en la vida real. No estoy muerta, eso lo sé. Solo estoy soñando. Cuando me despierto, los invitados ya se han ido. Jimmy Fallon me dejó una remera del Tonight show, Scorsese una foto autografiada de Samuel Fuller y mi novio del colegio… un disco de Bowie. En la heladera hay un cartelito muy simpático que dice: “Feliz cumpleaños, no te quisimos despertar. Te dejamos una porción de torta y una coca cola con limón. Chinchín”.

El arquitecto del vecino

Estamos remodelando nuestra casa y nos da la impresión de que se está haciendo todo muy mal. Desde el techo hasta las paredes. Y ni hablar del baño. Llevamos gastados más de tres millones y aún no vemos los azulejos bien colocados. Todo es un horror. Mi padre me manda a hablar con la vecina, cuya casa también está en obra. Quiere que le pregunte cuánto le presupuestaron a ella. Yo nunca estuve en la casa de al lado. Me da miedo ir. Aún así, tomo coraje y voy. Toco el timbre y me abre Carmela Soprano. Su casa es espaciosa, está impecable y llena de gente y comida. Me presento, le planteo mi inquietud y automáticamente le habla a su arquitecto, quien rápidamente deja su plato de pastas y hace los planos de mi casa nueva. Los dibuja en una servilleta manchada con tuco.

-Te voy a mostrar cómo resolví el tema del escritorio en esta casa -me dice y me lleva hasta el noveno piso de la Mansión Soprano.
Mi casa no es tan grande. No tenemos playroom ni salón para guardar cadáveres. Es absurdo que me lleve a recorrer este lugar. De pronto, escuchamos ruidos en el tercer piso. Alguien está acuchillando al vecino de la otra cuadra. La sangre me salpica. Yo grito.
-Tomá, limpiate con la servilleta -dice el arquitecto. Y me extiende la que usó para dibujar los planos de mi casa. Ahora comprendo que la mancha no era de tuco. Era sangre. Simplemente, sangre.

Radio

Doy una prueba en Aspen y quedo seleccionada de inmediato. Algo que por cierto no estaba en mis planes porque en mis planes no está volver a la radio. “Empezás a la medianoche”, me dice el jefe de locutores.
Con esta noticia tan extraña, regreso a casa y le cuento a mi amigo Matías, locutor de esa radio, que vamos a ser compañeros.
Afuera llueve. Llueve muy fuerte. Copiosamente.
-Por lo menos tenés que llegar una hora antes de que empiece tu turno.
Esto que me dice ya lo sé. Todos los locutores debemos llegar una hora antes al trabajo.
-Te pido por favor, Susana… no vayas a llegar tarde.
Entro en pánico. Faltan dos horas para que arranque mi turno. Llamo a la remisería del barrio. No hay autos. Llamo a otra. Me dicen que tienen una demora de tres horas pero que si pago un plus, capaz puedan hacer algo por mí. Acepto. No sé de cuánto es el plus ni me importa. Solo quiero estar temprano en la radio.
-No consigo auto, Matías.
-Tal vez yo podría…
Sí, eso. Llevame. Decilo. Terminá la frase.
Matías no solo no completa la idea sino que se va. Por suerte llega mi papá con el auto. Intuyo que él me va a llevar pero no. El auto se descompuso y solo vino a dejarlo en mi garage. Desesperada, agarro mis cosas y salgo corriendo por Villate hacia Panamericana, buscando otra remisería. Cada vez llueve más. Estoy en Olivos, empapada y sin plata y la radio queda en Palermo. En diez minutos empieza mi turno.

Médica

Estoy de guardia. Ahora soy médica. Médica residente. Uso ambo color celeste. Crocs en los pies. Y corro de un lado para otro del hospital. Son las dos de la tarde y no actualicé el bolg ni la cuenta de twitter de @migatodinamita. Nadie sabe que ahora soy médica. Fue algo que ocurrió de golpe. De la noche a la mañana. Mi compañera es Cristina Yang. Algo salió mal en su anterior residencia y fue enviada de Seattle a Buenos Aires y ahora la tengo que soportar yo. Hace una hora le tiré el café sobre sus zapatillas y me dio un cachetazo. No tiene paciencia. No me tiene paciencia. Y yo que soy nueva en esto de la medicina no sé cómo manejarme. Para arrancar, me gustaría poder escribir algunas palabras en twitter. Algo como: “Lo siento, ahora soy médica. No tengo tiempo para andar paveando”. Pero no quedaría muy bien. En eso me entra un llamado. Y otro. Y otro. Todos son de suma urgencia. Atiendo el último. Es mi amiga Coca.

-¿Cómo te sentís?
-No sé. Ahora soy médica. Estoy de guardia.
-Mmmm, qué raro.
-No te das una idea. Es muy difícil ser médico.